• Valery Romanov

¿Se puede decir que todo es mentira o el engaño es desinformación?


La posesión de información es poder, no obstante la manipulación de dicha información aumenta el poder. Desinformar es omitir o proveer información

manipulada intencionadamente con el objetivo de lograr ciertos fines.

La desinformación se ha convertido en una poderosa arma política,

principalmente cuando vivimos siempre pendientes de las redes sociales.

Los objetivos de las personas que manejan las redes, no siempre son legítimos.



Considero que la primera vez en la historia contemporánea en la que se ha visto la práctica de la desinformación como arma política ha sido durante la Guerra Fría, tanto la Unión Soviética como los Estados Unidos crearon organismos especializados en utilizar la información como un arma durante la guerra. Lamentablemente, hoy en día podemos ver como esta práctica aún es utilizada no solo en el ámbito político (estrategias de gobierno, transformar la opinión publica) sino tambien en el periodístico (engañar al lector, control de información en beneficio de intereses políticos), como así también algunas de las grandes compañías nacionales u transnacionales que buscan engañar a la opinión publica.


Transmitir a alguien información que no es verdadera es una situación que puede darse con reiteración. Y muchas veces, como afirma Galdón, ocurre de forma no intencionada, sencillamente por error. No obstante, continua el autor, sólo podrá hablarse de desinformación cuando “hay intención clara de engañar por parte de los promotores y realizadores de la información”. De este modo, se puede entender que la desinformación es un fenómeno en el que el emisor tiene el propósito de ejercer cierto tipo de influencia y control sobre sus receptores para que estos actúen acorde a sus deseos. Este es un fenómeno claramente intencional, donde el emisor busca su propio beneficio y es donde se produce un abuso de poder.


La intención de mentir es quizás el elemento más sustancial del fenómeno de la desinformación. Esta mentira puede tener dos caras. Se puede mentir por comisión, es decir, transmitiendo un hecho falso a sabiendas de que lo es y sin advertir de su falsedad, y también por omisión, ocultando o silenciando datos relevantes sin los cuales es imposible el conocimiento completo de la verdad (Desantes-Guanter, 1976; Soria, 1997). Partiendo de esta clasificación básica, Durandin (1983 y 1995) ha diferenciado entre supresión (hacer creer que una cosa que existe, no existe), adición (hacer creer cosas que en verdad no son reales, inventando una realidad paralela) y deformación (alterar la naturaleza de las cosas, bien de forma cuantitativa o cualitativa). Y precisamente por esta característica de faltar a la verdad, algunos autores han preferido denominar a este fenómeno “intoxicación” en vez de desinformación, puesto que entienden que este término define con mayor exactitud la confusión buscada por el emisor.


En esta relación entre los medios de comunicación y la desinformación no puede obviarse que en los últimos años, con la irrupción de Internet, los desinformadores han encontrado otro campo de batalla especialmente atractivo para sus fines. Ya no utilizan en exclusiva los medios, puesto que tienen a su alcance otras herramientas de comunicación como las redes sociales o las páginas web para difundir sus mensajes. La Red hace circular a velocidad vertiginosa rumores e informaciones falsas, tergiversadas o sacadas de contexto, que acaban saltando incluso a las páginas de los periódicos y a los noticiarios de radio y televisión. Se puede afirmar que Internet es el nuevo terreno de juego de la desinformación en el siglo XXI.


Por eso la desinformación ha quedado vinculada con las relaciones internacionales y concretamente con la existencia de conflictos, tanto diplomáticos como bélicos, en las que hay dos o más partes en litigio, como el que se produjo entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Sin embargo, tras la caída del Muro de Berlín y el fin del sistema comunista, y en una nueva era de distensión marcada por la supremacía de Estados Unidos, la desinformación como concepto estratégico fue perdiendo vigencia porque ya no había un enemigo claro a batir y quizá por ello el término fue adecuándose a otras realidades.


Pero en los últimos años, conforme el nuevo orden mundial ha ido cambiando hacia la multipolaridad, con la aparición de nuevos actores internacionales y nuevos conflictos, el sentido original de la desinformación ha recobrado protagonismo. Así se ha vuelto a hablar de ella en las relaciones entre Estados Unidos y potencias emergentes como Rusia o China o en las disputas con Irán, Corea del Norte o Venezuela.



Conclusión:

El primer modo en como una sociedad accedía a la información fue en las plazas públicas a través de la transmisión oral. Con el pasar de los siglos, el modo de transmitir información ha evolucionado y el siglo XXI escogió a los medios de comunicación y a internet como la vía para emitir información a miles de personas y de forma inmediata. El gran problema reside en la falta de ética y la manipulación de dicha información ha dado como resultado la fabricación de noticias falsas, baratas y rápidas.


El anonimato, el acceso sin control, la sobreabundancia de datos y la falta de regulación para publicar en Internet provoca que los contenidos disponibles en la red carezcan de confiabilidad, credibilidad y veracidad. Esto es aprovechado por los grupos de poder para propagar la desinformación que beneficia sus propios intereses.

Para enfrentar esta nueva realidad es necesario, en primer lugar, que el público desarrolle un pensamiento crítico para el análisis de contenidos que les permita diferenciar, seleccionar y separar lo que es información valiosa de lo que no es; y en segundo lugar, es preciso que se le exija a los medios de comunicación que hagan uso de sus códigos y profesionalismo para comprobar la legitimidad de sus noticias.




Referencias bibliográficas:


Ô Álvarez, J.T. y Secanella, P.M. (1991). “Desinformación”. En Diccionario de ciencias y

técnicas de la comunicación. Madrid: Ediciones Paulinas, p. 365-375.

Ô Bittman, L. (ed.) (1988). The new image-makers: soviet propaganda & disinformation

today.

Ô Durandin, G. (1983). La mentira en la propaganda política y en la publicidad. Barcelona:

Paidós.

Ô Durandin, G. (1995). La información, la desinformación y la realidad. Barcelona: Paidós.

Emmerich, N. (2015). Fraguas de Pablo, M. (1985).

Ô Teoría de la desinformación. Madrid: Alhambra.

Ô Gómez Arriagada, H.F. (2013). “Desinformación en Internet y hegemonía en redes

sociales”.

Ô Watzlawick, P. (1986). ¿Es real la realidad?: Confusión, desinformación, comunicación.

Barcelona: Herder.

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